julio 08, 2010

Luz para la oscuridad: una fórmula para el futuro

Enseño como profesora, tal vez a los niños más ricos del país en el que vivo. Esto tiene muchos retos, ya que uno tiene que enfrentar otras vallas que con familias cuya influencia no consiste en billetes y monedas, sino en competencia y trabajo duro.

Pero estos niños no se diferencian mucho de los otros, excepto tal vez el hecho de que probablemente serán ellos los que manejarán la futura suerte de su país –simplemente por su procedencia. Pero aparte de esta responsabilidad imputada por sus padres son niños normales, y ellos constantemente me hacen preguntas.

Algunas de estas preguntas últimamente son: “¿El gobierno, bajo ciertas circunstancias, puede aplicar la tortura y anular los derechos humanos? Los derechos humanos, ¿valen para todos o se aplican gradualmente? Un gobierno electo, ¿tiene que proteger a todos los habitantes del país o puede actuar arbitrariamente?; ¿Hay personas que son más importantes que otras?; ¿Cómo se determina esto y quién lo decide?; La política, ¿no tiene que mantener en primer lugar los intereses de la propia población y, por lo tanto, aceptar dejar atrás las llamadas necesidades económicas?; ¿Existen derechos humanos para la naturaleza? Porque, ¿el hombre no es la naturaleza?; ¿Existen todavía políticos valientes, honestos que se rebelan, que luchan contra una injusticia evidente o ya todos están codiciosos y ansiosos?; ¿Hay un futuro después del futuro?”

Junto con mis alumnos he intentado encontrar respuestas para alimentar su visión completamente unilateral, vacía e incolora del mundo con nuevas ideas. Para eso también les he contado de mis encuentros en/con la vida.


La codicia encuentra al miedo

Vivir conducido por las apariencias, fijándose en los bienes materiales de todo tipo y nunca poder tener suficiente de ello, eso es codicia. La codicia, a su vez, lleva una vida propia: se alimenta de muchas cosas diferentes y se sale de control.

El oro por ejemplo, es una comida importante para la codicia y, al mismo tiempo, es magia pura. Un portador de poder y embriaguez. El oro es la brillante y placentera reina de los metales. Su gobierno se custodia, se mantiene provocando, extasiando, emborrachando, capturando y dejando caer las máscaras. Un mago de verdad. Uno nunca puede tener suficiente de ello. Hace que la gente hable confusa, balbuceando con la boca torcida, hablando como ebrio. Los argumentos más absurdos se proclaman como una redención salvífica.

Fascinado por el oro, todo lo demás se ve borroso: realidades, prioridades y, sobre todo, la verdad. Una serie de insolencias y mentiras es el resultado. A la destrucción pronto la llaman construcción; a retroceso progreso. Los mentirosos son los otros; asesinatos son necesidades. Humanidad se le dice a la explotación; protección a la amenaza. La culpa se echa a los inocentes y viceversa.

Tener miedo y –en consecuencia– asustar a los demás, intimidarlos, es el confidente más cercano y el mejor amigo de la codicia. Cada uno por sí solo es inservible, por eso se unen a la meta. Su existencia voraz y su eructo apestoso colocan una capa de oscuridad al futuro.


La verdad encuentra al valor

Guiados por una fuerza interna, impulsados por un saber que arde dentro de uno, respetando una ética que no se puede enseñar, sólo vivir, y dirigidos por ello, la otra vida forzosamente implica no poder llegar a ningún compromiso. Porque los compromisos serían una traición a la humanidad y menos humanidad implicaría automáticamente menos vida.

Esta visión se alimenta, principalmente, del infinito amor a la naturaleza. Porque ella es de dónde venimos, de donde recibimos todo. Si la destruimos, nos destruimos a nosotros mismos. Estamos hechos de ella. Somos los arroyos de agua pura, los susurros de los vientos, la tierra colorida y el fuego púrpura. Nada es separable. La naturaleza es nuestra propia chacra donde crecimos y nuestras raíces están enterradas muy hondo en ella. Si envenenamos la tierra, envenenamos nuestros orígenes y nuestro sustento.

Asumir la responsabilidad para las generaciones futuras no es una tarea farragosa, sino un deseo profundo para asegurar el futuro de nuestros hijos y contribuir a que la vida siga. El ciclo no se puede romper, y sin embargo es un quehacer riesgoso. Sin bravura no se puede. La verdad y el coraje van de la mano. El valor de hablar cuando otros se callan; la valentía de callarse cuando otros hacen bulla; el coraje de la paciencia y de tener nuevas ideas; el valor de soñar y de hacer realidad estos sueños.

¡Mis experiencias están marcadas por mi profunda solidaridad y amistad con ustedes, queridos compañeros y compañeras de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca! Son ustedes los que me dieron respuestas cuando me quedé sin palabras y son ustedes los que encendieron la chispa en mí con su amor incondicional a la naturaleza. ¡Son ustedes los que siguen prendiendo un mar de luces en su país cada día!

Ustedes son la luz en la oscuridad. Son palabras murmurando que vagan por el mundo: ustedes llevan la fórmula del futuro adentro. Por eso, les agradezco mucho.

¡Mucha fuerza para su camino atravesando las sombras!


Kyra Grewe

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