enero 28, 2026

La huella de la indiferencia

Varias veces al año, subimos como familia al apu Qayaqpuma para hacer nuestro all’pata paguikun, nuestra ofrenda a la tierra, a las montañas y a los difuntos. Es una forma de estar cerca de la naturaleza y del espíritu de Alfredo, quien amaba esta montaña. Es una manera de dejar atrás –aunque sea por un momento– la ciudad y la llamada “civilización” (tengo una amiga que lo llama “sifilización”) y es una posibilidad de encontrar tranquilidad y paz en un lugar muy especial.
Cada vez que voy hay algo que no había visto en la visita anterior, algo que me duele: chacras invadiendo el apu, una carretera que antes no había, construcciones que no se mimetizan en nada con el hermoso paisaje o la hiriente vista a un tajo abierto de alguna empresa minera. No sé si el Qayaqpuma seguirá siendo el mismo en unos diez o veinte años. Nadie lo puede saber. Por el afán de “vivir más cerca de la naturaleza” o de “promover el turismo”, los humanos invadimos sin escrúpulos a estos últimos recintos saludables y sagrados y dejamos nuestra huella de la indiferencia. Parece que la gente se olvida que la naturaleza no es un basurero sino nuestra gran casa común.
Agradezco la compañía de Mara y Mateo en esta salida quienes, sin hacer ruido al respecto, en el camino de regreso se dedicaron a recoger toda la basura que encontraron. Si hubiera más humanos como ellos, el mundo sería otro.
Rita Mocker

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