septiembre 16, 2026

Anotar o recordar

Por toda mi casa hay papelitos, libretas y pizarras donde anoto lo que debo recordar: las cosas que tengo que comprar, el número de una cuenta, la contraseña de qué sé yo y el trámite pendiente. En mi celular programo alarmas para no olvidarme de tomar las pastillas, hacer una llamada o ir al dentista, y mi agenda —tanto la física, un bonito cuaderno, como la virtual, en este omnipresente teléfono móvil («el nuevo espejito que nos trajeron los gringos», como dice mi amigo Grimaldo Rengifo)— está llena de notitas, cumpleaños, reuniones y otros datos «útiles».
No sé si son las exigencias del trabajo o mi miedo a olvidarme de algo, pero tengo la sensación de que, si no anoto, no existo.
Me gustaría volver a la tranquilidad y la inocencia de una vida sin tantos apuntes. Alfredo suele recordárnosla con estas palabras:
La mama Santos Valdez, yach’aqmama –madre sabia– de la comunidad de Chilimpampa, solía decirme: «Yo soy analfabeta de castellano: en quechua –la antigua lengua madre de los Andes–. Yo sí sé defenderme. Y no necesito aprender a escribir porque nosotros hemos aprendido a recordar lo que aprendemos».
Rita Mocker

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